El último punto 

Nunca había pensado en contar o recordar esta historia. Han pasado 12 años de aquel día. Recuerdo que estaba en mi casa, y le rogué a mi papá que no fuéramos al hogar de mi abuela Silvia porque su televisor era antiguo y la señal no llegaba de buena forma. Ni pensar en televisión por cable.

Vivimos al lado del Lago Rapel por el trabajo de mi papá. Mi abuela, en un pueblito llamado Los Quillayes, que más de 400 habitantes no debe tener. Y claro, año 2004, el boom del cable aún no sonaba por esos lados. El que tenía ‘Sky’ era un crack. Años después vine a escuchar del ‘Zap’.

En la casa de mi abuela, rodeada de cerros y espinos, había que tener suerte para ver un programa de televisión. Para ella, criada en el campo, no era algo de vida o muerte. Para mí, esa jornada sí lo era. La tarde anterior Fernando González y Nicolás Massú habían ganado el oro olímpico en dobles. Y ese domingo, Massú se jugaba la chance ante Mardy Fish de obtener el oro en singles. Pataleé, rogué, imploré, pero no hubo caso. La salida a la casa de mi abuela ese domingo sería un hecho.

Nunca le compraré del todo a mi viejo eso de la “tradición familiar”. Él iba por la cazuela que le cocinaba su mamá. Ahora, a mis 20 años menos me hace tonto. Supongo.

Salimos antes de las 12 del día y en ese trayecto de 20 minutos en camioneta no dije ninguna palabra. Mi papá me hablaba y yo, encaprichado, sentía que era la peor persona del mundo por privarme de ver el partido. Ya estaba resignado. Me perdería la final olímpica.

Tenía ocho años en ese instante y aquella jornada fue la que marcó mi vida ligada con el deporte. Tengo recuerdos vagos de Sydney 2000, y las Copas del Mundo en Düsseldorf, momento en el que comenzó a interesarme el tenis. A los ocho años yo me las daba de un multicampeón por ‘ganarle’ al muro de la cancha de tenis que había en el trabajo de mi papá. ‘Ganarle’ significaba responderle todas. Entonces, Atenas 2004 era mi primer gran evento deportivo.

Las primeras rondas no las vi, porque estaba en el colegio. No pude ver la lesión de Feña González versus Fish porque estaba en Educación Física. Esa misma clase me dejó en cama el sábado y vi a Feña vencer a Taylor Dent para conseguir el bronce.

Había visto un partido en el torneo que yo pensaba verlos todos. Y el que podía ver, no lo haría por ‘culpa’ de mi papá. Me quería morir.

Llegamos a la casa de mi abuela y por supuesto que comimos la tradicional cazuela. Estaba exquisita, como siempre, pero en reclamo a mi papá, no me la comí.

Tras el almuerzo, empezó la cuenta regresiva. Miraba la hora a cada rato, tenía una pequeña esperanza de que la tele y la señal me dejaran ver el partido. Un rato antes a que comenzara, pasó algo inesperado: se veía, y se veía bien, casi HD. Me ‘autopedía’ calma. A lo que ahora le llamaría contramufa, en ese momento lo pensaba de forma pesimista porque sabía que en algún minuto, solo se verían rayas o negro. Pero no… Comenzó y no lo podía creer. ¡ESTABA VIENDO EL PARTIDO! Me arrepentía de la actitud que había tenido con mi papá, ahí sí me quería comer la bendita cazuela.

Todo el primer set y los dos primeros juegos del segundo vi sin ningún problema. Ganaba Massú, estaba feliz. Pero la señal quiso otra cosa. No vi nada hasta el cuarto set. Fish estaba arriba y escuchar al nervioso Fernando Solabarrieta me tenía peor. Ese período fue una de esas veces en las que he sentido que la hora no pasa. Y en ese cuarto parcial, vi apenas un game. La realidad me daba un cachetazo. Apagué y prendí el televisor muchas veces en un intento absurdo y desesperado por recuperar la señal. Ya pensaba que tenía que esperar hasta llegar a mi casa para saber cómo había terminado el partido.

Decidí dejarla prendida, por si acaso.

Pasó harto rato y no tenía cómo saber si Nico había ganado el set o si Fish ya era parte de la lista negra para la sociedad chilena. Yo estaba en el patio amargado tratando de imaginarme todo lo que estaba pasando hasta que sentí un “¡se arregló la tele mijito!” de mi abuela. Ella no tenía idea: Massú sacaba 6-3, 3-6, 2-6, 6-3 y 5-4. Cuando vi que el revés del estadounidense se iba ancho y tras ello, mirar cómo caía al cemento Massú no reaccioné de inmediato. Después de cuatro horas Nico ganaba 6-3, 3-6, 2-6, 6-3 y 6-4. Me costó asimilar lo que había pasado. ¡Massú era doble campeón olímpico y yo ahí, mirando sin hacer nada! Si no es porque mi abuela me preguntó “¿quién ganó?”, yo no hubiese caído. Solabarrieta lloraba y lloraba, y yo me puse a llorar también.

Llegó mi papá minutos más tarde y me dijo: “ganó Massú, ¿lo viste?”

-Sí, o sea más o menos- respondí. Él me dijo “Aaaaah y tanto te quejaste para ver el partido”.

Hoy, luego de más de una década te respondo más tranquilo, papá. Lo he visto unas cuántas veces y no sé qué es más terrible: si mirarlo en vivo por segmentos o hacerlo tiempo después dimensionando aún más lo conseguido. De lo que sí estoy seguro es que vi ese último punto, ese punto que hizo feliz a un niño de ocho años y a una nación entera, y que quedará en nuestra memoria para siempre. De eso no tengo ninguna duda.

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